• 09 Campo Santo

Juan Fernando Herrán
Edificación inconclusa
[ Unfinished building ]
Bogotá, Octubre de 2006

 
“La fotografía debe ser silenciosa: no se trata de una cuestión de discreción, sino de música.”

Roland Barthes

Nadie puede explicar con certeza qué sucede en el alto de las cruces, ubicado en área rural a las afueras de Bogotá. Esto en realidad no importa ahora, lo que importa es que son hechos que no se quieren dejar desvanecer y que se conmemoran a través de un gesto anónimo. La conformación de una cruz, -uno de los símbolos más antiguos de la humanidad- es un gesto sencillo, significativo y de fácil lectura.

La obra fotográfica de Juan Fernando Herrán se ha caracterizado en los últimos años por develar ciertas situaciones que de otra manera permanecerían ocultas e inalcanzables. Hay una estrategia común a los encuentros de las amapolas, los aviones militares o las cruces que involucra caminar hasta lugares de difícil acceso. Esto que a primera vista parece solo circunstancial funciona como preparación, casi como una meditación que le permite al artista aproximarse al encuentro con una dimensión real del espacio que fotografía. En esta ocasión el encuentro es el resultado de una manifestación colectiva y silenciosa localizada en medio de la nada. Se trata de una especie de cima sembrada literalmente de cruces.

La proliferación de la forma y lo primitivo de su factura hace que las imágenes producidas por Herrán lleven a un cuestionamiento sobre cómo funciona el encuentro entre la línea horizontal y la vertical en nuestros imaginarios. Como si se tratase de un conocimiento innato se entiende que allí se esta simbolizando el encuentro entre el mundo terrenal y el espiritual, la vida y la muerte y en este caso incluso es posible pensarlo a partir del enfrentamiento entre naturaleza y orden racional. En este sitio la cruz aparece como un gesto primitivo y escultórico a la vez.

En un contexto como el nuestro en el que el carácter público de las acciones cobra cada vez más importancia, estas fotografías formulan inquietudes sobre la supervivencia, el recogimiento y la celebración privada del rito. Al aproximarse a las imágenes es imposible no preguntarse sobre la naturaleza de este lugar que a pesar de su evidente carga religiosa no es un templo ni tampoco un altar. En las notas preparatorias para el Ulises, James Joyce escribió: “places remember events”, tal vez este lugar es en esencia el evento que recuerda, el alto de las cruces es en este sentido uno de los territorios de la memoria.

Existe en Colombia una carga contextual muy fuerte para este tipo de imágenes. Es obvio que esto siempre está presente en la mente de Herrán. Sin embargo, la formación escultórica que recibió, hace que ante su mirada la forma y la factura de estas cruces adquieran un papel protagónico. Estas están hechas en su mayoría con materiales naturales del lugar: flores, ramas e incluso piedras son parte de este Campo Santo. Las formas resultantes, a pesar de su precariedad, tienen la capacidad de mover los afectos, aun más al tratarse de vegetación de páramo estas formas nos son familiares y por ello las sentimos dolorosamente cercanas. Los amarres -que Herrán percibe como un hecho estético y que recuerdan en algunos casos a las custodias coloniales- están fabricados con paja, matas, flores, bolsas, cabuya o fibras sintéticas de una manera precaria que transmite la intensidad del momento e inspira un sentimiento de fragilidad y recogimiento.

A pesar de la magnitud del espectáculo, es posible intuir por la manera como son tomadas las fotografías, que este lugar se ha formado a partir del gesto íntimo. No se trata de un monumento como lo es un cementerio pero si de un señalamiento del lugar, un gesto privado a partir del cual se construye un espacio cargado de sentimientos colectivos. Generalmente la decisión sobre qué se recuerda públicamente está en manos de instancias superiores; en el alto de las cruces se puede sospechar una especie de consenso silencioso. Muchas de ellas están ocultas, camufladas con el resto de la vegetación, inclusive podrían pasar desapercibidas como una rama más. Una vez el ojo se acostumbra al tramado natural, las formas empiezan a saltar a la vista y a imponer su presencia. El observador se sorprende al descubrir en la imagen mucho de su imaginario religioso que aunque no es explícito invita a lecturas en consonancia con lo cultural.

Para Herrán el reto después del encuentro está en cómo darle las dimensiones que tiene este espacio, cómo no traicionarlo al mostrarlo, cómo no caer en la ya tradicional disposición de lo íntimo como espectáculo. Transmitir la experiencia vital del encuentro se convierte en un requerimiento, es necesario replicar de alguna manera la sensación de estar en un lugar sagrado no por decreto sino por consenso.

Como en trabajos anteriores -Papaver Somniferum y Campos de Visión- los objetos fotografiados aparecen ante nosotros cargados con una belleza ominosa. Se trata en todos los casos de imágenes que hablan de procesos y hechos dolorosos que son mostrados con serenidad y precisión, sin dejar de ser altamente inquietantes.

Es imposible enfrentarse a estas imágenes y no preguntarse qué mueve al artista a traer a la luz este espacio oculto en medio de las montañas. ¿Por qué retar de cierta manera el carácter privado de este lugar? Se entiende sin embargo que solo así es posible intentar un acto de conservación de algo que desaparece con el pasar de cada día, no sólo en el sentido de que las cruces vuelven a la naturaleza de donde provienen, sino también el inminente olvido del hecho que conmemoran. De esta manera, da la impresión de que al traer estas imágenes ante nosotros, Herrán está clavando otra cruz, repitiendo el acto de no dejar en el olvido.

María Clara Bernal